Este verano he hecho algo que, para alguien como yo, no es tan fácil: he dejado de seguir un plan.
La gente lo llama fluir.
Uffff. Cómo odio esa palabra. Como me digas “fluye”… te muerdo.
Fluir se ha convertido en una de esas palabras que parecen profundas porque no significan nada concreto. Sirve para todo. Si piensas demasiado, fluye. Si te exiges demasiado, fluye. Si no sabes qué hacer, fluye. Si haces mucho, suelta. Si haces poco, déjate llevar. Fluye.
Qué maravilla.
Una palabra y ya está. No hay que explicar nada, no hay que decidir nada, no hay que preguntarse qué necesitas realmente.
Y además tiene algo que me fascina: pretende hablar de libertad mientras te dice exactamente cómo tienes que vivir. No controles. No planifiques. No fuerces. No esperes. No quieras demasiado. Déjate llevar. Fluye.
Y en el amor también: si tiene que ser, será. Como si querer no implicara elegir una y otra vez.
Así que este verano yo no he fluido. He hecho lo que me ha dado la gana.
He corrido, he hecho calistenia, bici, muchísimo Pilates, movilidad y mil cosas más. He entrenado mucho, pero sin programa, sin progresión, sin registro y sin un objetivo demasiado claro.
Y me ha encantado.
Hasta que ha dejado de encantarme.
Porque hacer lo que te da la gana es maravilloso durante un tiempo. Después, si no sabes hacia dónde vas, puedes acabar en cualquier sitio.
Y eso también me ha pasado.
Ahora me apetece volver a mi orden. A mi estructura. A tener un plan, unos objetivos y una dirección. No porque haya descubierto de repente que vivir sin ellos estaba mal, sino porque también me gusta saber hacia dónde voy.
¿Y qué pasa entonces? ¿Que he dejado de fluir?
¡ANDA YA!
