Nunca he jugado un partido de fútbol. Y, sin embargo, llevo horas y horas de fútbol en el cuerpo.
Sé lo que es un fuera de juego, recuerdo alineaciones de hace muchos años, puedo disfrutar de un buen partido y reconocer cuándo un equipo está jugando especialmente bien. Nunca he intentado hacer un regate, así que ni siquiera sé si sería capaz. Todo ese conocimiento no lo aprendí jugando. Lo aprendí mirando.
Hay cosas que se heredan sin darse cuenta. No hablo del color de los ojos ni de la forma de la nariz. Hablo de maneras de emocionarse, de rituales y de pasiones que un día descubres que también son tuyas.
Él era futbolista. Defensa de los de antes. Nunca llegó a dedicarse profesionalmente, pero ocupó una parte enorme de su vida. Gracias a esa pasión, el deporte acabó formando parte de la nuestra.
Mis hermanos y yo crecimos en una casa donde el movimiento era lo normal. Si cierro los ojos, gran parte de los recuerdos de mi infancia transcurren en el Club Cordillera: tardes enteras jugando, corriendo, nadando o probando un deporte distinto cada semana. Era nuestra forma de estar juntos.
Con los años he entendido que gran parte de la deportista que soy nació gracias al fútbol. No porque yo lo practicara, sino porque fue el deporte que convirtió el movimiento en el lenguaje de nuestra casa.
Era madridista hasta la médula. Pero cuando jugaba España no había colores. Los partidos de la selección eran sagrados. Y los Mundiales, todavía más.
Los veíamos siempre en familia y recuerdo especialmente el de 2010. No sé si entonces era consciente de estar viendo uno de los momentos más importantes de la historia del deporte español, pero sí sé que nunca olvidaré su cara. La tensión durante el partido. El gol de Iniesta. Sus aplausos más fuertes que los de nadie. La felicidad de quien llevaba toda una vida esperando ver a España campeona del mundo.
Mientras todo eso ocurría, seguía convencida de que el fútbol no era lo mío. Hasta el punto de que casi había olvidado que, en primero de carrera, me saqué el título de entrenadora regional de fútbol. Todavía hoy me hace gracia recordarlo. Tuve que hacer cinco toques con cada pierna, completar un circuito entre conos, sacar un córner y chutar a portería. Y lo hice. Sin haber jugado nunca al fútbol.
Nunca he pertenecido a un equipo. Nunca he entrenado. Nunca he vuelto a tocar un balón más allá de pasárselo a mi hijo cuando jugamos en la playa.
Durante mucho tiempo pensé que aquello había sido una casualidad. Hoy creo que, simplemente, de tanto mirar, mi cuerpo aprendió cosas que yo ni siquiera sabía que sabía. A veces me sorprendo entendiendo una jugada, anticipando un movimiento o sabiendo por qué un entrenador toma una decisión y no otra.
Y por eso este Mundial lo estoy viviendo de una forma completamente distinta. No esperaba emocionarme así. Ni organizar mis días alrededor de los partidos. Y, sobre todo, no esperaba sentir que lo estaba viendo con él.
Cada vez que juega España me descubro imaginando sus comentarios. Sé cuándo habría protestado al árbitro, cuándo habría dado un golpe en la mesa y cuándo se habría levantado del sofá antes incluso de que entrara el balón.
Y el otro día, viendo la semifinal contra Francia, lo sentí más cerca que nunca.
Porque aquello fue mucho más que un partido.
Mientras veía jugar a esta selección no podía dejar de imaginar su cara. La ilusión con la que habría vivido cada jugada, el orgullo con el que habría terminado el partido. Y, casi sin darme cuenta, se me escaparon unas lágrimas.
Así que, pase lo que pase, para mí España ya es la campeona de este Mundial.
Este domingo me pondré mi camiseta pirata con el número 10 de Dani Olmo y animaré a nuestra selección con más fuerza que nunca. Al final, me he convertido en esa persona que se levanta del sofá antes incluso de que entre el balón.
