CUANDO EL SUEÑO SE ROMPE

Si le preguntaras a mi madre cuál de sus cinco hijos ha sido siempre el más dormilón, probablemente respondería sin pensarlo: Irene.

Durante toda mi infancia fui la última en levantarme. Dormir nunca fue un problema para mí. Más bien al contrario.

Mis hermanos todavía recuerdan una mañana en la que me tocaba llevar a mi hermana pequeña al colegio. Se estaba haciendo tardísimo y entraron a despertarme. Según ellos, me incorporé de golpe en la cama como si estuviera medio poseída, con una mala leche terrible y diciendo auténticos disparates. Durante unos segundos dudaron entre reírse… o salir corriendo de la habitación.

Dormir siempre ha sido algo muy mío.

Por eso, cuando el sueño empezó a romperse, me pilló completamente desprevenida.

El primer episodio serio lo tuve alrededor de 2009, poco después de inaugurar mi primer negocio. Pensé que sería algo pasajero. Unos días durmiendo mal, quizá unas semanas. Algo que el cuerpo resolvería solo.

Pero no fue así.

Las noches empezaron a hacerse largas. Primero con pequeños despertares, después con horas enteras mirando el techo. Lo que al principio parecía algo puntual terminó derivando en algo que tardé bastante en identificar: ansiedad.

Con el tiempo aprendí a reconocer ese patrón. Cada vez que alguna situación me sobrepasa o algo no lo proceso bien, aparece ese viejo conocido: la cabeza acelerada, el sistema nervioso activado y esa sensación de no poder apagar el cerebro.

Después llegó la maternidad, y con ella otra forma distinta de insomnio.

En realidad muchas veces no era insomnio como tal. Era simplemente un sueño interrumpido. La lactancia, los despertares nocturnos, la sensación constante de responsabilidad. Dormir dejó de depender solo de mí.

Si me preguntas cómo he dormido en los últimos quince años, probablemente te diría que bastante mal.

Pero lo que no me esperaba era lo que ha llegado ahora.

Este último insomnio es diferente.

No aparece siempre acompañado de ansiedad. Tampoco puedo echarle la culpa a mis hijos. Simplemente me despierto.

Son las tres o las cuatro de la mañana y mi cuerpo tiene la sensación de que el día ya ha empezado. No hay aparentemente nervios ni pensamientos circulares. Solo esa energía inesperada que te hace entender que el sistema se ha encendido antes de tiempo.

Y cuando eso ocurre, volver a dormir es prácticamente imposible.

El momento en el que decides mirar más de cerca

Cuando algo me desconcierta, mi primera reacción siempre es intentar entenderlo.

Así que empecé a leer sobre el sueño, sobre cambios hormonales, sobre el sistema nervioso. Con la ayuda de mi nutricionista empecé también a probar una suplementación más específica para ayudar al descanso.

Y como buena curiosa terminé comprándome un Apple Watch que mide la calidad del sueño.

Creo que el pobre empieza a preocuparse por mí.

Pero curiosamente, lejos de agobiarme, tener datos me ha dado algo muy valioso: perspectiva.

Porque cuando empiezas a mirar el sueño con atención, descubres algo importante.

Dormir no es solo cerrar los ojos ni sumar horas.

Lo que ocurre mientras dormimos

Mientras dormimos el cuerpo sigue trabajando.

El sueño pasa por diferentes fases: momentos de sueño ligero, momentos de sueño profundo donde el cuerpo se recupera físicamente, y momentos, el famoso sueño REM, en los que el cerebro procesa emociones, recuerdos y experiencias.

Es un sistema dinámico.

Por eso despertarse alguna vez durante la noche no es necesariamente un problema. Todas lo hacemos. El problema aparece cuando el sistema pierde el ritmo.

Cuando el cuerpo empieza a despertarse demasiado pronto.

O demasiado a menudo.

Lo que puede estar diciendo tu cuerpo cuando te despiertas

Cuando empecé a observar mis noches descubrí algo interesante: la hora a la que te despiertas también cuenta una historia.

Despertarte alrededor de las dos o tres de la madrugada muchas veces tiene que ver con un sistema nervioso que todavía está en alerta. El cortisol, la hormona que nos mantiene despiertas, aparece antes de tiempo.

Despertarte sobre las cuatro o cinco puede tener más relación con cambios hormonales o con un ritmo circadiano desajustado. El cuerpo empieza a prepararse para el día demasiado pronto.

A veces incluso ocurre algo más curioso: te despiertas siempre a la misma hora durante varios días seguidos. Como si el cuerpo estuviera intentando señalar algo.

No siempre es ansiedad.

No siempre es estrés.

A veces es simplemente un sistema que necesita reajustarse.

La tentación de buscar la fórmula perfecta

Mientras escribía este artículo he estado tentada varias veces de hacerlo de otra manera.

De escribir algo mucho más académico. Explicarte con detalle todas las fases del sueño, darte listas de cosas que hacer y que no hacer, recopilar los trucos infalibles para dormir mejor.

Pero al final me he dado cuenta de algo.

Lo que funciona para mí no tiene por qué funcionar para ti.

Cada cuerpo tiene su historia. Sus ritmos. Sus circunstancias.

Y quizá el verdadero cambio no esté en encontrar el truco perfecto para dormir ocho horas seguidas.

Quizá el cambio esté en prestar atención.

Las cosas que silenciosamente sabotean el sueño

El día que no saliste a la luz natural.

Esa conversación que siguió dando vueltas en tu cabeza.

La cena demasiado tarde.

Un entrenamiento muy intenso cuando el cuerpo ya iba pidiendo descanso.

Ese momento en el que decides seguir trabajando aunque ya deberías haber parado.

La presión que llevas tiempo sintiendo en el trabajo.

El último vistazo al móvil antes de cerrar los ojos.

Una decisión que llevas postergando demasiado tiempo.

Las palabras que nunca terminaste de decir.

Un perdón que llegó demasiado tarde.

Un “te quiero” que dejaste para otro día.

El día en el que, simplemente, todo fue demasiado.

Nada de esto parece gran cosa por separado.

Hasta que una noche el sueño se rompe.

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IRENE NUÑEZ (PILATES & WOMAN)
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