HAY COSAS QUE SOLO OCURREN CUANDO COINCIDEN

Hay una idea que cuesta aceptar porque cambia la forma en la que interpretamos lo que nos pasa: no todo depende del esfuerzo. Existe otra variable, menos visible pero igual de determinante, que es el momento en el que las cosas ocurren.

El mundo funciona así. La luz cambia a lo largo del día, las estaciones marcan el ritmo, el entorno se reajusta. Nada se mantiene constante, todo responde a un orden que no necesita explicarse porque se repite una y otra vez. Y el cuerpo, aunque intentemos ignorarlo, no funciona de otra manera.

La energía no es estable, el sueño no es continuo, el sistema hormonal no es lineal. En la mujer esto es aún más evidente, porque esos cambios no solo existen, se sienten. Afectan a la fuerza, a la recuperación, a la claridad y a la capacidad de sostener lo que haces. Y, sin embargo, vivimos como si todo tuviera que ser igual siempre, como si el cuerpo no tuviera fases.

Ahí es donde aparece la fricción.

Cuando algo no sale, lo interpretamos como un problema personal: falta de disciplina, falta de constancia, falta de algo. Pero muchas veces lo único que falta es entender el momento en el que estás.

Hay procesos que no pueden adelantarse, decisiones que no terminan de definirse y situaciones que, aun siendo adecuadas, no llegan a darse. A veces incluso aparece algo que encaja (un proyecto, una oportunidad, una persona) y, aun así, no ocurre. No porque falte interés, capacidad o intención, sino porque no coincide el momento. Y, aun así, cuando es realmente tuyo, cuando es auténtico, no desaparece: queda en latencia, se transforma, y vuelve cuando puede darse.

Con el cuerpo pasa lo mismo.

Hay etapas en las que haces lo mismo y avanzas, en las que el sistema responde y todo termina encontrando su lugar, y otras en las que ese mismo comportamiento genera más resistencia que resultado. No es que hayas cambiado tanto, es que el contexto sí lo ha hecho.

La primavera lo muestra con bastante claridad. No crea nada nuevo, pero modifica lo suficiente como para que todo lo que estaba en espera empiece a moverse. Aumenta la luz, cambia el entorno y el cuerpo responde. Aparece más energía, más disposición, más claridad. No es motivación, es sincronía.

Y ahí es donde cambia la forma de intervenir.

No siempre se trata de hacer más, ni de insistir más, ni de apretar más. Se trata de reconocer en qué momento estás y actuar desde ahí. Cuando hay sincronía, todo ocurre con naturalidad; cuando no, todo exige más de lo que debería.

Y quizá lo más difícil de aceptar es que no todo se puede provocar.

Hay cosas que solo ocurren cuando coinciden.

Y hay otras que, aunque coincidan, no son para quedarse.

Y eso también hay que saber verlo.

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IRENE NUÑEZ (PILATES & WOMAN)
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