Los jueves se están convirtiendo en mi día favorito de la semana.
No es un día especialmente fácil, pero tampoco el más duro. No destaca por nada evidente y, aun así, tiene algo distinto, como si estuviera a medio camino entre lo que ya ha pasado y lo que está a punto de llegar.
Empieza como cualquier otro. Me levanto temprano, preparo el desayuno, llevo a los niños al colegio y entro en ese ritmo que no se cuestiona: hacer lo que toca. Entrenar, trabajar, organizar.
Y, sin embargo, hay un punto de inflexión.
Tiene que ver con el cuerpo, pero no solo con el cuerpo.
Los jueves entreno pierna. Es el día más exigente de la semana. Hay un momento en el que ya no puedes medir, ni dosificar, ni negociar. Solo queda seguir, y cuando terminas, la sensación es muy clara: te has vaciado. El cuerpo ya ha hecho todo lo que tenía que hacer.
El día se parte, como el jueves parte la semana.
Y justo ahí aparece otra capa. No es física (esa ya está resuelta). Es mental. Porque el cuerpo entiende cuándo puede parar, pero la cabeza no siempre llega al mismo sitio, como si el esfuerzo contara, pero el descanso no.
Para mí, descansar no es algo natural. Me incomoda. No sé muy bien qué hacer cuando aparece ese hueco.
Con el tiempo he entendido que tengo que construirme ese espacio, provocarlo. Incluso ponerle acción al descanso para poder permitírmelo.
Y eso también es un entrenamiento.
Porque en el fondo hacemos lo mismo con todo. Rara vez empezamos desde el lugar perfecto. Casi siempre necesitamos una razón externa, una excusa que nos empuje: estar fuerte para no depender de nadie en el futuro, recuperar energía porque no llegas al final del día, volver a sentirte en tu cuerpo después de años fuera de él, tener un momento para ti, aunque sea mínimo.
Da igual cuál sea.
El inicio casi nunca es limpio, pero es lo que te pone en marcha. Porque sin ese primer gesto no hay nada que ajustar después.
Y poco a poco, algo cambia. El cuerpo se adapta y lo que empezó como una excusa empieza a tener sentido por sí mismo. Coge inercia, se vuelve parte de ti y deja de necesitar justificación porque ya no viene de fuera. Es tuyo.
Los jueves aparecen ahí. No solo en ese punto intermedio de la semana, sino en ese momento en el que ya no puedo exigirme más.
A mediodía me voy a Cabo de Palos, paseo, leo, algunas veces hasta me duermo una pequeña siesta. Después doy mis clases de pilates, que me devuelven a algo muy básico: ver a gente moverse, responder, adaptarse.
Y cuando termino, queda un margen. Pequeño, pero suficiente.
Y en ese margen pasan cosas. No grandes cosas, ni planes extraordinarios. Más bien lo contrario: conversaciones sin prisa, ratos sin objetivo, la sensación de no tener que correr a ningún sitio.
Hay jueves en los que me permito una sauna, otros en los que salgo a cenar y otros en los que simplemente me siento en una terraza, en chanclas y con calcetines, a escuchar un concierto que parece que no tiene prisa por empezar.
Y ahí el día cambia. No por lo que ocurre fuera, sino porque tú ya no estás igual dentro de él.
El jueves pasado, mi amigo César me lo dijo sin más:
“me encantan estos raticos, hacen que los jueves parezcan sábados”.
