Siempre me ha parecido interesante la historia de Aquiles. No por el héroe invencible ni por las batallas, sino por la ironía de que alguien prácticamente indestructible acabara siendo vulnerable precisamente en el único lugar que había quedado fuera de protección. Según la leyenda, su madre lo sumergió en el río Estigia para hacerlo invulnerable, sujetándolo por el talón. Todo su cuerpo quedó protegido excepto ese pequeño punto por el que lo sostenía. Y fue precisamente ahí donde terminó apareciendo la grieta.
Hace unos meses descubrí otra imagen que me gustó por una razón parecida. La formuló Justus von Liebig y suele representarse con una barrica construida con tablas de distinta altura. Da igual lo altas que sean la mayoría; la cantidad de agua que puede contener siempre estará limitada por la más baja. Suelo utilizar esa imagen cuando entreno a otras mujeres porque explica muy bien cómo funciona el cuerpo. Todas tenemos fortalezas, capacidades que responden bien y lugares donde acumulamos confianza, pero el progreso rara vez depende de eso. Casi siempre depende de aquello que estamos pasando por alto.
Lo curioso es que resulta mucho más fácil reconocer la tabla más baja en las demás que en una misma. La mía llevaba tanto tiempo acompañándome que había terminado por confundirse con el resto de la historia.
Estaba en aquel viaje a Marrakech en el que elegí dónde cenar no porque fuera el sitio que más me apetecía, sino porque era el que estaba más cerca. Estaba en Oporto, hace apenas unos meses, cuando mis amigas se entretenían viendo cerámica y yo solo podía pensar en regresar al hotel. Estaba en ese vestido que nunca llegué a ponerme porque solo tenía sentido con unos tacones que sabía que no iba a aguantar. Estaba en las Havaianas, mis chanclas favoritas de siempre, que hace años aprendí a dosificar. Estaba en esas zapatillas deportivas enormes que nunca habría elegido por estética, pero que son las únicas que me permiten correr sin consecuencias. Estaba también en aquella brillante idea de probar el calzado minimalista y terminar caminando por Londres descalza, preguntándome en qué momento aquello me había parecido una buena decisión. Estaba también en aquella entrada con asiento que saqué para ver a Rawayana, cuando lo que realmente me apetecía era perderme bailando en la pista.
Y también estaba cada mañana, en esos primeros pasos al levantarme de la cama.
Mis pies. Siempre lo supe. A estas alturas, sospecho que tú también.
Lo que me ha llevado años no ha sido descubrirlo, sino dejar de resignarme. Porque una cosa es identificar dónde aparece el dolor y otra muy distinta saber por qué siempre termina expresándose ahí.
Por eso, desde hace unos meses, les dedico diez minutos al final de mis entrenamientos. Observo cómo me muevo, intento prestar atención a ciertos desequilibrios y aplico todo lo que sé de biomecánica a una pregunta que me acompaña desde hace años. No estoy intentando arreglar mis pies. Estoy intentando entender por qué son ellos quienes terminan contando la historia.
Quizá Aquiles nunca cayó por su debilidad, sino por el único lugar desde el que había sido sostenido. Y quizá las barricas tampoco se vacían por casualidad. Lo hacen por la tabla más baja, la misma que impide que se desborden.
