El domingo me olvidé los cascos en la playa.
Me di cuenta el lunes por la mañana, cuando estaba preparando la mochila para ir al gimnasio, y por poco me da algo.
Pensar en entrenar toda la semana sin música se me hacía cuesta arriba, sobre todo empezando la semana con pierna, el día más exigente, donde suelo tirar de mis temazos para sostener la intensidad y respetar la progresión del entrenamiento.
Aun así, no había alternativa. Fui al gimnasio sin cascos y entrené. Y contra todo pronóstico, el entrenamiento salió bien. Incluso mejor de lo que esperaba. Estuve más presente, más conectada con lo que estaba haciendo. No tuve la sensación de ir a remolque ni de querer acabar cuanto antes.
A medida que pasaban los días, entrenar sin música me dejaba más abierta a lo que pasaba alrededor. Y así fue como empezaron a darse conversaciones que, de otra manera, seguramente no habrían ocurrido.
El miércoles, con unas agujetas bastante serias, decidí no forzar. Me subí a la bicicleta estática para hacer un poco de cardio suave. En la bici de al lado había un señor de unos 70 años, y no pude evitar pensar que era la edad que tendría mi padre si estuviera vivo. Tenía ese aspecto de quien lleva el deporte integrado en su vida. Ninguno de los dos llevaba música y, casi sin pensarlo, empezamos a hablar.
Primero de la bici, porque el sillín se bajaba y él me explicó cómo ajustarlo bien. Después, de deporte en general. Me contó que sale en bicicleta casi todos los días, que suele hacer rutas largas, que el día anterior había hecho unos 80 kilómetros y que ese día tocaba recuperación. Que desde que se jubiló, la bicicleta es una de las cosas que le da estructura a sus días. Los miércoles, además, nada un poco y aprovecha para pasar por el spa.
Yo le conté que no suelo hacer bici, que venía cargada de piernas y que ese cardio era lo más amable que podía ofrecerle a mi cuerpo ese día. La conversación fue fácil, cercana, de esas que se dan sin esfuerzo.
En un momento salió el tema de su mujer. Me contó que tenía un problema de cadera y que nunca entraba en la sala de musculación, que se quedaba haciendo «pilates de suelo». Le comenté que el pilates es maravilloso —sin entrar en más detalles ni decirle que yo lo enseño—, pero que quizá le vendría bien combinarlo con algo de trabajo de fuerza. Él me miró extrañado.
Seguimos hablando con normalidad, hasta que, casi al final, me preguntó si podía darme un consejo.
Le dije que sí.
Y entonces me sugirió que no hiciera pesas de brazos, que no queda femenino, que mejor poco peso y cosas suaves, porque a los hombres no les gustan los cuerpos de las mujeres muy musculados.
Al principio sentí rechazo. Fue inmediato, de esos que suben rápido por dentro. No tanto por lo que decía, sino por lo familiar que me resultaba escuchar algo así.
Pero casi al mismo tiempo pensé que no quería responder desde ahí. No me apetecía ponerme a la defensiva ni cerrar la conversación. Así que decidí contestarle desde otro lugar, con un tono más ligero, con un punto de ironía, a ver si así era posible conectar de una manera diferente.
Le dije algo así como:
—Carlos, con lo joven que estás físicamente… vaya pensamientos más caducos tienes.
Se lo dije con un punto de ironía, sin enfado. Y a partir de ahí seguí:
—Los tiempos están cambiando. Y no solo están cambiando los gustos de los hombres, también están cambiando las cosas que a las mujeres nos gusta hacer con nuestros cuerpos.
No necesitaba alargarlo más. No iba de convencerle, sino de dejar claro que entrenar fuerte, ocupar espacio y disfrutar de un cuerpo capaz forma parte de una elección. De una forma distinta de vivir el movimiento y la salud.
La conversación terminó ahí, de manera tranquila, casi natural.
Y yo me quedé pensando en lo fácil que es seguir repitiendo ideas antiguas sin pararnos a revisarlas, y en lo necesario que es, a veces, decirlas en voz alta para poder soltarlas.
A veces quitar la música es justo lo que hace falta para escuchar mejor.

Me encanta lo que cuentas y cómo lo haces. Siempre deseando que llegue el siguiente post!