No hubo un momento concreto. O quizá sí.
Siempre he sido una persona muy curiosa, impaciente y algo obsesiva. Una combinación explosiva que, a día de hoy, me trae tantos problemas como ventajas.
Cuando algo no me cuadra, no suelo mirar hacia otro lado. Investigo. Pregunto. Leo. Busco entender qué está pasando y por qué. Y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando empecé a notar que mi cuerpo ya no respondía igual, aunque hiciera lo mismo de siempre.
El proceso, visto con perspectiva, no fue abrupto. Al principio incluso parecía lo contrario. Mis ciclos, que durante años habían sido bastante regulares, empezaron a acortarse. Ya no eran los clásicos 28 días: primero pasaron a 27 o 26, después a 25, hasta llegar a ciclos de 24 días. En ese momento no lo viví como una alarma, pero sí como una señal de que algo estaba cambiando. Esto ocurrió cuando tenía alrededor de 34 o 35 años, una edad en la que nadie suele hablarte todavía de perimenopausia.
Durante mucho tiempo esos cambios convivieron con una sensación general de normalidad. De hecho, hubo un acontecimiento que reforzó esa idea: me quedé embarazada de forma natural con 40 años. Cuando eso ocurre, lo último que piensa una mujer es que está entrando en una transición hormonal. Al contrario, la sensación es que el cuerpo responde, que todo está en su sitio.
Entre el embarazo y la lactancia estuve casi dos años sin menstruación. Cuando el ciclo volvió, ya cerca de los 43 años, lo hizo con una intensidad que me descolocó. Ahí fue cuando empecé a notar que algo no iba como antes.
El siguiente cambio fue mucho más evidente. El flujo menstrual aumentó de forma muy marcada. Tanto, que dejó de parecerme normal. Lo que antes era una menstruación intensa empezó a vivirse, para mí, casi como pequeñas hemorragias. Fue entonces cuando decidí consultar con un especialista, porque ya no se trataba solo de ciclos distintos, sino de cómo me estaba afectando en el día a día.
A partir de ese momento barajé distintas opciones, siempre acompañada y asesorada por mi ginecóloga. Hablamos, por ejemplo, del DIU hormonal, una opción muy utilizada para regular el sangrado y proteger el endometrio. También probé la progesterona oral, como parte de ese proceso de explorar qué podía ayudarme y qué no.
Ahí fue cuando empecé a ser realmente consciente de que estaba entrando en una perimenopausia, probablemente en una fase ya bastante avanzada.
Y, aun así, durante un tiempo decidí no hacer nada.
No fue por falta de información, ni por desconfianza hacia los tratamientos. Fue por un discurso interno muy potente que, creo, muchas mujeres compartimos en algún momento: pensar que el cuerpo sabe lo que hace, que estos cambios han acompañado a las mujeres a lo largo de toda su vida, y que quizá lo correcto era dejarle hacer.
La idea de que si es natural, será lo mejor.
La idea de que intervenir era casi ir contra el propio cuerpo.
La idea de que aguantar formaba parte del proceso.
Durante un tiempo, ese razonamiento me sostuvo. Pero también empezó a chirriar.
Porque una cosa es aceptar una etapa vital, y otra muy distinta es normalizar un malestar que afecta de forma clara a tu calidad de vida. Y ahí empezó el verdadero punto de inflexión: cuando me di cuenta de que natural no siempre es sinónimo de saludable.
Vivimos más años que nunca. Y eso cambia completamente las reglas del juego. No estamos hablando de atravesar esta etapa durante unos pocos años, sino de décadas. Décadas en las que queremos seguir entrenando, trabajando, pensando con claridad, descansando bien y sintiéndonos fuertes.
Y fue entonces cuando empecé a mirar la terapia hormonal desde otro lugar. No como un enemigo, ni como un atajo, ni como algo que “enmascara” el problema, sino como una herramienta más dentro de un enfoque global de salud.
En el próximo capítulo te cuento cómo llegué a la consulta con mi ginecóloga con la decisión ya tomada en casa: probar la terapia hormonal. Cómo fui directa, sabiendo que iba a encontrar apoyo, y con una lista de preguntas preparadas únicamente para confirmar y despejar las últimas dudas antes de dar ese paso.

Muy interesante Irene, gracias por compartir tu proceso!
Si no compartimos esto, que vamos a compartir?